martes, 28 de octubre de 2014

MANIFESTACIÓN HUMANA


Confundimos amor y bienestar emocional con apego, hacemos propio lo material acrecentando nuestro egoísmo, sin darnos cuenta que nada ni nadie nos pertenece. El apego nos provoca sufrimiento y violencia entre nosotros. A veces captamos este error y  otras se nos pierde entre las vidas y la existencia.
Acá va una nueva reflexión, casi con tintes poéticos, acerca de las malas pasadas que la mente nos juega de forma constante. Una letal característica humana.


Y aquí nos encontramos una vez más, yo eligiendo la escritura como medio de expresión y vos la lectura como medio de aprendizaje o para enajenarte unos instantes.

Buscamos personas para sentirnos menos solos. Compramos cosas para llenar vacíos. Tratamos con resentimiento a nuestros otros nosotros para descargar broncas. Llevamos duelos eternos por no querer dejar de amarrar. Somos posesivos. Atamos nuestras necesidades a la materia, a las vidas de otros. Nos hacemos devotos o creyentes aferrándonos a una religión, a un dogma, a una imagen que creemos superior, quizás para sentirnos respaldados, más seguros o para no tener que buscar una verdad que no queremos saber. Creemos lo que nos dicen, no somos críticos ni rebeldes ante las situaciones de injusticia. Escribimos poemas de amores truncos, porque nunca nos atrevemos a decirle a esa persona que la amamos. Juzgamos en base a lo que se tiene. Dividimos. Generamos guerras,  las internas -entre nuestro ser y nuestra mente-  y las bélicas.

Paremos acá… las palabras se pechan unas con otras y se confunden. Otras se dicen en un abrazo y en miradas, en un silencio o con ausencias, y a veces las lágrimas se apresuran y llegan antes.

Las conspiraciones del universo que hacen al transcurso de nuestras vidas pactadas, que desembocan en situaciones cotidianas (y no tanto) y sincronizadas, nos provocan una vorágine dentro, que se regenera con el transcurso de los días y de ves en cuando rebalsan en suspiros, dependencias y seguramente en letras.

Es difícil manejar y mucho más apaciguar la mente, más aún cuando la cultura naturaliza ciertas reacciones y comportamientos erróneos, ajenos  a nuestro ser empujándonos a tomar el camino más fácil, el que todos toman, sin saber discriminar que es el equivocado. Quizás algunos nunca lo sepan.

Y es así como llegando al hartazgo decidimos transformar las emociones negativas y entramos en conciencia, nos conectamos con el amor. La cultura y las restricciones sin sentido, se nos vuelven invisibles. Volvemos a nuestro estado original -aunque permanecemos rodeados malezas- como una especie de flor del loto, que manifiesta la hermosura y la pureza que nace desde el barro. Entonces, le regalamos nuestro amor a las personas, compramos regalos para otros, nos perdonamos, nos abrazamos, nos tratamos con paciencia y afecto, dejamos ir (por amor), creemos solo lo que nos dice la intuición, ayudamos.

Las palabras se ordenan en la mente con la tranquilidad, recobran sentido y amamos sin límites. Amamos escuchando, amamos perdonando, amamos aceptando. Escribimos optimistas. Evitamos las guerras internas, miramos con ojos críticos la realidad, contribuimos para evitar las injusticias, y creemos en nosotros mismos.

Nos enajenamos, sí, pero podemos siempre volver a nuestro estado espiritual. Solo depende de nosotros, los grados de apego y el manejo de nuestra voluntad.

Propongo andar más livianos, sin cargas ni pesos ajenos. Tratar de identificar lo que le compete a nuestra existencia y que hace a la evolución, propongo aprender a soltar las preocupaciones y las manos e intentar entregarnos a la propuesta del destino en cada paso.

Ana Carolina Cereda


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